dissabte, 5 de setembre de 2015

Sobre... La versió definitiva

El consell de redacció del Full Verd demana que els textos siguin curts. Amb la Carme vem treballar l'entrada Les llàgrimes de sant Llorenç fins que ha quedat com podeu veure a sota. S'ha publicat el deu d'octubre


«De vegades costa molt anar a missa»



«De vegades rondino perquè em costa anar a missa» li vaig comentar un dia, mig en broma i somrient, a Carmen, una amiga que es desplaça amb cadira de rodes. Ella em va contestar:
«Deja que te cuente. Verás: un domingo de julio quise ir a misa. Cogí el Siete hasta Roger de Flor. Me encontré con una amiga y cuando nos despedíamos puso su mano encima de los mandos de la silla bloqueando el sistema operativo. 
No había forma de que rodara. Un enorme sentimiento de soledad e impotencia se apoderó de mi de tal manera que quedé paralizada. Pasaba el tiempo. Se hacía tarde. La misa ya habría terminado. Decidí que lo mejor era volver a la residencia. Pedí a alguien que me ayudara a cruzar la Gran Vía hasta la parada de vuelta. Ya sabes como pesa la silla que carga con la batería y el motor. No fue fácil subir y bajar rampas sorteando obstáculos: ya no lo es cuando funciona bien! Y no hablemos de cuando llueve —no puedo coducir y sostener el paraguas al mismo tiempo!— o cuando hay alguna cursa u otro evento y los autobuses no funcionan… Mientras me empujaban oía jadear a quien me arrastraba. Con la ayuda del conductor lograron subirme. 
Esta fué la primera estación de un interminable viacrucis. Otra «estación» fue que me bajaran. Otra: encontrar a alguien dispuesto a tirar de mi hasta la residencia. Cuando llegué me derrumbé. En pleno desespero recordé que la persona que me vendió la silla habló de un código que, en caso de emergencia, restablecía su funcionamiento. Confundida y ofuscada no atinaba a encontrarlo por ningun lado y todo me caía de las manos hasta que finalmente allà por el suelo, entre unos papeles, apareció la contraseña dichosa. 
Por la tarde volví: fuí a misa de ocho. Durante el trayecto recordé todo lo que había pasado por la mañana. Mientras comulgaba pensé que fue Dios mismo quien había estado conmigo con toda la gente que me ayudó sin conocerme y sentí muy, muy cerca su presencia: como si me abrazara. 
Sí, tenías razón: a veces cuesta mucho ir a misa.»